El Lobo feroz.


wolf night

Fue un día largo y cansado cuando por fin llegas a casa, no hay nadie más que pueda molestarte, ves el momento oportuno para relajarte, ver una película o quizá comer algo rico. Preparas una taza de té y empiezas a sentirte finalmente cómodo. Te sientas en el sillón y prendes la televisión cuando de la nada las luces oscilan, la televisión no logra sintonizar canal alguno y poco después todo se apaga dejándote en una noche recién nacida.

Esto ya había sucedido antes, en realidad, tantas veces que ya perdiste la cuenta, pero en otros días la oscuridad no molestó pues la cama ofrecía una invitación más seductora. Hoy no es así, hoy la angustia del día parece regresar con fuerzas mientras sostienes el control remoto y miras impotente a la televisión comatosa, tus esperanzas de descansar y olvidar tu día se fueron al diablo y tu estómago empieza a dar vueltas de repente.

Inhalas una, dos veces hasta lograr controlar el impulso de arrojar el control remoto en la pantalla e insultar primero a la gente de la comisión y finalmente al gobierno en general. Te levantas para buscar una vela, la pones en la mesita junto al sillón y prendes la llama amarillenta que baila con las corrientes invisibles de la sala del departamento. Te acuestas en el sillón y observas con ansiedad el techo aguardando el regreso de la “luz” real. Minutos eternos se pasan y la angustia parece incrementarse hasta que una imagen viene a tu mente, un recuerdo de tiempos remotos en los cuales las cosas parecían más simples y la perdida de la electricidad no era motivo de tanta desesperación.

Recuerdas un juego recurrente, algunas incluso sin la necesidad de compañía, miras tus manos y empiezas a jugar con ellas creando formas e imágenes que, gracias al fuego amarillento aparecen en el techo en blanco, un conejo, un pájaro y por último la más simple de todas y la primera que aprendiste: el perro.

Mientras observas la forma de algo que parece un perro transitar por el techo del departamento, de tu garganta escapa la onomatopeya de un ladrido, los recuerdos empiezan a desvanecerse y de repente te notas solo, en la oscuridad, jugando con la sombra de tus manos y las vueltas en el estómago regresan causando aún más angustia, la sensación de infantilidad golpea todo el cuerpo. De repente ya no estás ante la sombra de un perro que transita alegremente por el techo sino un lobo nervioso que acecha de un lado al otro.

Él busca algo, olfatea, se arrastra y un aullido a una luda invisible puede ser escuchado. La angustia se convierte en temor al ver a la criatura en el techo. ¿Que está buscando? Te preguntas nervioso. Él te busca a ti, el lobo está cazando y eres la única presa. La luz se transforma en tu enemiga pues revela donde estás mientras la figura de la criatura corre de un lado al otro, cada vez más cerca, más real, más angustiante. Él viene por ti y no hay forma de escapar, después de todo eres una presa fácil, descansando en un sillón junto a la vela que parece gritar “¡Aquí, ven!”.

¿Qué hacer en esa situación? ¿Hacía donde correr? El miedo te paraliza y lo único que parece importar es el momento del ataque inminente. De la nada la luz regresa y ves el techo blanco sobre ti una vez más, vacío de cualquier imagen y notas que estuviste jugando con la sombra de tus manos todo el tiempo y aquél lobo, tan amenazante fue solamente una proyección inocente de un simple perro que te acompañó desde tu niñez.

Te levantas y apagas la vela, la guardas y regresas al sillón. Miras a la pantalla y notas algo. Tu reflejo en la pantalla oscura con una expresión distinta, ¿A dónde se fue el lobo feroz?

Texto original: Quem tem medo do Lobo Mau?

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